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  1. spectrumGirl (spectrumgirl@gnusocial.net)'s status on Sunday, 14-Apr-2019 01:01:08 UTC spectrumGirl spectrumGirl
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    1. Psicología aplicada a la ficción: ¿Qué nos lleva a hacer cosas malas?

      Son las putas ocho de la mañana, intento dormir las cuatro horas que me quedan para el mínimo diario que recomienda la organización mundial de la salud, y a mi cerebro no se le ocurre otra que volverse brillante y buen redactor.

      Bravo, cerebro mío. Cómo se nota que te gusta joderme. Y yo solo quería dormir una horita más.

      De eso mismo va la cosa hoy. El mal. ¿Qué es lo que lleva a las personas a hacer cosas malas? ¿Por qué las personas buenas hacen cosas malas? ¿Por qué las personas malas no soportan hacer cosas buenas? ¿Cualquier persona puede cometer atrocidades?

      La maldad es, para que todos lo tengamos claro, la disposición a perjudicar a otros, de una forma u otra. El mal es algo un poco relativo, lo reconozco. Es más, cualquiera que piense que el mal es algo que se tiene o no, de forma absoluta, ya puede irse de aquí. No queremos más villanos que hagan el mal por el mal en la literatura, gracias. Apreciamos un poco más de profundidad.

      Oh, doctor maligno, no hablaba por ti. Tú siempre serás el único villano clásico en mi corazón.

      El mal es subjetivo.

      Está en los ojos del que mira. Hernán Cortés sería visto por los españoles de la época como un conquistador, un hombre de bien que busca expandir la gloria de su reino, mientras que los pobres americanos a los que masacró lo verán como un monstruo que ha venido a matarlos a todos. Igualmente, hace unos años pegarle a los niños cuando se portaban mal era algo que no estaba mal visto, era incluso recomendable, y ahora nos parece una salvajada. Este es un ejemplo fácil, pero veamos otro: Para la etnia Mon (no sé si está bien escrito) de Laos, si le tocas la cabeza a alguien estás impidiendo que su espíritu trascienda… o algo así. No recuerdo exactamente, pero para ellos tocarle la cabeza a otra persona es algo horrible. Imaginad el típico tío enrollado que le frota cariñosamente el pelo a los niños. En resumen, a veces la persona no sabe que está haciendo algo que otras personas puedan considerar como algo malo, porque ¿quién vería como algo malo acariciar la cabeza de una persona?

      Ved Gran Torino. Es una joya. 

      Ahora que ya hemos visto que se puede hacer el mal sin querer…

      ¿Por qué las personas hacen cosas que saben que son malas?

      Por blasfemo que pueda pareceros, todo es cosa de poner las circunstancias en los platos de una balanza. Es sencillo: Ante cualquier acción, se tomará la decisión cuyo plato pese más. Las personas hacen cosas malas cuando tienen más razones para hacerlo (o estas razones son más fuertes) que para no hacerlo. 

      ¿Y qué pasa con las personas buenas? ¿No se supone que deben tener más razones para no hacer cosas malas que el resto? ¿Por qué las personas buenas hacen cosas malas?

      La disonancia cognitiva

      La disonancia cognitiva es una de las cosas que más puede influir en la conducta de las personas, y es, ni más ni menos, que la diferencia entre nuestras acciones y nuestra identidad. Si yo me considero una buena persona y no ayudo a una persona, experimentaré disonancia cognitiva, e intentaré reducirla de alguna manera. Hay tres maneras básicas de reducir la disonancia cognitiva, de menos costosa (cognitivamente) a más costosa:

      1. Moldear nuestras acciones para que se adecúen a nuestra identidad: En este ejemplo, ayudando a esa persona.
      2. Justificar nuestras acciones para que no contradigan a nuestra identidad: Soy una buena persona, pero esta persona es vaga y no merece la ayuda porque… Esta es una de las cosas que más hace el ser humano. A todos se nos da bien poner excusas (aunque no todas son buenas).
      3. Modificar nuestra identidad para explicar nuestras acciones: Si he pasado ante esa persona, y no la he ayudado a pesar de que necesitaba ayuda, quizás yo no sea tan buena persona como pensaba.

      La reducción de la disonancia cognitiva es un peso a tener en cuenta para la balanza. Lo que varía en qué dirección va ese peso es la identidad de la persona. Una persona que se considere buena tendrá la reducción de disonancia en la balanza de no hacer la cosa mala, mientras que una persona que se considere mala sufrirá disonancia cognitiva al hacer cosas buenas.

      Sí, hay personas que se consideran malas. La identidad es algo tan importante para el individuo, que si hace cosas malas que no puede justificar ni dejar de hacer, tendrá que volver esa maldad parte de su identidad para reducir la disonancia cognitiva. Porque esta disonancia produce muchísima tensión. Por lo general, todos nos consideramos buenos, porque lo contrario tiene consecuencias para nuestra psique.

      ¡Claro que sí! ¡Ay que cosita más malvadosa y apachurrable! 

      Las personas buenas hacen cosas malas cuando las razones para hacerlo superan a la disonancia cognitiva que esas cosas malas producen. “Total, ya la reduciré más tarde”, piensa nuestro cerebro. También, cuando entran más factores en juego, puede darse el caso de que esa acción no produzca disonancia alguna, incluso cuando la persona sabe exactamente que lo que hace está mal. Veamos cuáles son esos factores:

      ¿Qué lleva a una buena persona a hacer algo que no duda que es malo?

      1. Deshumanización

      La deshumanización es el proceso por el que una o más personas pierden o son despojados de sus características humanas. Hay varias formas de hacerlo, pero la esencia es convertir a la persona en una no persona, como quitándole el nombre, asignándole un rol o identidad (preso, enemigo, etc), y muchas más, hasta que la persona deja de sentirse una persona, y se convierte en un número de preso, un rol, etc. La deshumanización puede provocar mucho daño a la víctima (tanto, que la deshumanización es considerada tortura), pero tiene efectos también en las personas que tratan con ella.

      Las buenas personas no harían daño a otras personas, cierto. ¿Pero y a los enemigos? Los soldados no sienten disonancia cognitiva porque les enseñan que sus enemigos no son personas, son solo eso, enemigos, a veces incluso monstruos (demonización). Eso lo hace un poco más fácil, alivia el peso de la balanza. ¿Y si el enemigo son unos puntos rojos en la pantalla de un caza? Disparar a un punto rojo en un visor es más fácil de procesar que disparar a una persona que tiene su vida y que probablemente no haya hecho nada malo. Es un punto que desaparece, no una persona que muere.

      Un pequeño apunte: En la segunda temporada de Psychopass tratan muy bien este tema, cuando ponen el control de robots militares al mando de personas que creen estar jugando a un videojuego, y su objetivo es matar gallinas. Esas gallinas son en realidad personas. Cuando se desvela el engaño, no pueden seguir jugando (y tiene graves consecuencias para la psique de esas personas), a pesar de que lo único que ha cambiado es la interpretación de sus acciones: Han pasado de matar gallinas de polígonos a matar personas de verdad. Aunque es un ejemplo poco justificable puesto que nadie sabía qué pasaba en el juego de verdad. 

      Hay un experimento muy famoso, el de la cárcel de Stanford (llevado a cabo por Phillip Zimbardo, uno de los más famosos psicólogos sociales) que defiende que no es que las personas sean malas o buenas, sino que hay contextos y situaciones que pueden llevarles a hacer cosas malas. Una manzana podrida no estropea una cesta sana, sino que es la cesta podrida la que corrompe las manzanas sanas que toque. En este experimento, Zimbardo separó a una serie de estudiantes (a los que había seleccionado y examinado buscando personas totalmente normales y sin trastornos de ningún tipo) al azar entre Carceleros y Presos, y los metió en un contexto deshumanizante.

      EDITADO: O eso es lo que nos quiso hacer creer. El experimento de Zimbardo es el más criticado de la psicología a todos los niveles, especialmente éticos y metodológicos, y es una de las mayores mentiras de la psicología.

      Para leer todo lo horrible de este experimento, cómo Zimbardo y su secuaz manipularon a los carceleros para conseguir esos resultados y mintieron a los presos sobre su capacidad de abandonar el experimento, por favor leed esto: The Lifespan of a Lie.

      Mediante las indicaciones del secuaz de Zimbardo (que los instruyó en métodos de tortura psicológica y trato deshumanizante) Los guardias cometieron verdaderas barbaridades con los que hasta entonces habían sido sus compañeros (celda de aislamiento, impedirles aliviar necesidades fisiológicas, obligarlos a obedecer órdenes estúpidas y humillantes, etc). El experimento fue detenido a los seis días de empezar, cuando estaba programado para durar dos semanas (una o dos semanas arriba).Este experimento es un ejemplo de experimentación carente de ética, y fue duramente criticado por ello. Aunque en el momento del experimento todo era legal, ahora es imposible replicar este tipo de experimentos. (Edit: En realidad sí que se puede replicar. Haslam SA, Reicher SD (2012) Contesting the “Nature” Of Conformity: What Milgram and Zimbardo’s Studies Really Show. PLoS Biol 10(11): e1001426. https://doi.org/10.1371/journal.pbio.1001426)

      Cuando por fin salieron del experimento, los estudiantes guardias confesaron que jamás se habrían creído capaces de las atrocidades que habían hecho a sus compañeros. Una frase me impactó de uno de los ex presos hablando con un ex carcelero: “Sé que eres un buen tío, porque sé lo que eres capaz de llegar a hacer”.

      Todo lo hicieron por un motivo mayor, por la ciencia, por el experimento. Y fueron instruidos a hacer de guardias duros, les enseñaron a deshumanizar a sus compañeros. No todos lo hicieron, algunos guardias se esforzaron por hacer favores a los compañeros presos.

      En resumen, no os creáis el experimento de Zimbardo. Yo también lo hice. Es una mentira que queremos creer porque nos libra de culpa. “Es culpa del entorno, no nuestra.” El propio Zimbardo se victimizó como que había caído demasiado en el rol de alguacil cuando cometió las atrocidades.

       

      Volviendo a la deshumanización: Hay una película que habla muy bien de lo fácil que es esto: The box. En ella, a un matrimonio se le da la opción de pulsar un botón. Si lo hacen, una persona morirá al azar, y ellos ganarán un millón de dólares. Ellos no han conocido a la persona que va a morir, y nadie sabrá lo que han hecho. A pesar de que el millón de dólares parezca apetitoso, si cambiásemos ese botón por un cuchillo con el que atravesar a un transeúnte al azar, el matrimonio jamás habría aceptado. Pero es solo pulsar un botón, y no verán las consecuencias de sus actos. Luego pasan cosas extrañas, pero eso no viene al caso.

      La cuestión es que si conviertes a una persona en una cosa, una buena persona no tendrá reparos en hacerle cosas malas. En la antigua Roma, por ejemplo, los nobles tenían esclavos. Había buenas personas que tenían esclavos, y no pensaban en ningún momento en liberarles. Es más, podrían hacerlos azotar, o que les maten, y seguirían siendo considerados como buenos, porque para ellos los esclavos no son personas. Son cosas deshumanizadas. Cuanto más lejanos parecieran los esclavos a los amos, más fácil era ignorar que también eran personas.

      Entendiendo esto es más fácil de ver por qué la iglesia prohibió la esclavitud de los americanos colonizados y en su lugar esclavizó a los africanos. Porque unos se parecían más a ellos y otros eran negros.

      Badum, Tss!

      1. Estado agéntico

      El estado agéntico es un estado de conciencia en el que pueden entrar las personas, y que se basa en la obediencia. La persona deja de ser alguien que toma decisiones a alguien que ejecuta las decisiones de otros (se convierte en un agente). En este estado, la persona es fácilmente influenciable y no se produce disonancia cognitiva, porque la persona no siente que lo que esté haciendo sea decisión suya. No hay carga moral. El estado agéntico es la adopción de la autoridad.

      Un experimento muy polémico fue el de Milgram, con descargas eléctricas. Tenía a dos personas, una sería elegida como profesor y otra como alumno en un “experimento de memoria”. Estaba amañando para que el sujeto siempre fuera profesor, y el alumno era parte del personal del experimento. El experimentador ordenaba al profesor que “ayudara a aprender” al alumno (ojo a la eufemización, es una parte importante para producir el estado agéntico), esta ayuda consistía en dar descargas eléctricas que aumentaban poco a poco en intensidad cuando el alumno se equivocase, de 25 voltios hasta 450 voltios, algo que podría ser mortal. El objetivo era ver cuánto aguantarían los sujetos antes de renunciar a hacer más daño al “alumno”, que era un actor que fingía las descargas.

      Intensidad de descarga en la que los sujetos abandonaron el experimento. 450 era el máximo. 

      Muchos dudaron, pero sobre el 65% de los sujetos llegaron hasta el máximo. Aplicaban descargas mortales a sabiendas, a pesar de los gritos de dolor y de las súplicas del actor para que parase. ¿Por qué llegaron tan lejos? Porque habían entrado en estado agéntico.

      En estado agéntico uno no es moralmente responsable de las acciones que hace. Eso recae sobre la autoridad (en este caso, el experimentador, que ante las dudas de los sujetos les pedía que continuasen el experimento, y les decía que él se encargaría de las consecuencias), por lo que la moral de la acción queda relegada a un segundo plano en nuestro cerebro. Romper el estado agéntico es difícil, porque requiere enfrentarse a la autoridad, algo que nuestro cerebro considera indeseable. Pero además entran en juego muchas otras variables: El sujeto dio su ayuda al experimentador libremente y retirarla es cognitivamente costoso, detenerse en ese momento significa admitir que lo que llevan haciendo un buen rato ha estado mal y que podrían haberlo evitado, piensan que deben continuar por una causa superior que las órdenes del experimentador (la ciencia, o el experimento, importante esto porque le da una razón de peso para hacer lo que hace)…

      Además, los sujetos liberaban la tensión producida de otras formas (tensión que si hubieran acumulado podría haberles permitido parar por que es insoportable), lo que les permitía ir más lejos sin querer: Presionando los botones el mínimo tiempo posible, quejándose al entrevistador, declarando que estaba en contra, intentando ayudar al alumno de alguna forma (chivándole respuestas, por ejemplo). Había otras formas más siniestras de reducir la tensión, como insultando al otro por estúpido (fallaba una tarea fácil) y convertir a la víctima en culpable (Culpabilizar a la víctima, algo que se hace mucho por violadores o por personas a las que les cuesta afrontar que el mundo es injusto así que “algo malo habrá hecho, seguro que se lo merece”). Resistirse a la autoridad liberaba tensión para el sujeto, que solo servía para acallarle la conciencia. “Yo me opuse”.

      Variaciones del estudio: Porcentaje de la muestra que llegó al máximo voltaje. En orden: Estudio inicial (65%), El ambiente era de menor calidad, menos auténtico (48%), El estudiante y el profesor estaban juntos (40%), El profesor tenía que tocar físicamente al estudiante (30%), El experimentador no estaba en la sala (22%), Al sujeto no se le asignaba un rol de profesor (20%), y Dos experimentadores que discuten (10%, cuando hay conflicto entre la propia autoridad es cuando más fácil es salir del estado agéntico). 

      Cuando uno entra en estado agéntico, su principal prioridad es obedecer. Esto cambia nuestro objetivo y nuestra visión: No nos preocupamos por si lo que hacemos es bueno o malo (esa es tarea de la autoridad), si no de que la acción que realizamos esté bien hecha o no. Lo que nos preocupa es el desempeño de la acción, no la acción en sí. Si tu comandante te ordena que fusiles a una niña inocente, tu preocupación será apuntar bien. En el estado agéntico nuestro objetivo se convierte en realizar bien las tareas que se nos encomiendan.

      Si la autoridad dice ¡Salta! tú respondes: ¿Cómo de alto?

      El estado agéntico se amplifica más aún cuando uno no es el ejecutor final, si no un escalón intermedio (es decir, el sujeto era el que ordenaba a otro dar las descargas, pero no las daba él directamente). Así, el sujeto delega la culpa de dar las descargas al que presiona los botones, porque no se opuso (mientras que el que da las descargas culpa al que se lo ordena).

      Echarle las culpas a otras personas es un mecanismo de defensa, nuestro cerebro está empeñado en que somos perfectos y descubrir que nos hemos equivocado le duele bastante. Idiota. Con lo que se puede aprender de los errores cuando acepta uno su culpa. 

      ¿Qué sucede si juntamos la deshumanización con el estado agéntico y añadimos una estructura sólida? Sep. De paso, algún día tengo que verme “The producers”. Aunque sea solo por esta escena.

      Nazis. Intentan vendernos a los nazis como monstruos sin alma que querían matar judíos (y demás), sobre todo los cargos administrativos, pero la triste verdad es que (la gran mayoría) eran personas normales que solo intentaban hacer bien su trabajo. A un administrativo le llegaba un papel que debía firmar para que un camión saliese hasta Auschwitz. Un hombre se encargaba de meter personas en ese camión sin saber por qué, y el conductor del camión llevaba una carga de la que no sabía nada hasta su destino. La máquina administrativa y burocrática fue la que permitió el holocausto, la que mantuvo engrasados los engranajes. “Me llegaban órdenes de arriba. Yo tenía que firmar unos papeles y enviarlos”. Ese fue el tipo de contribución que hicieron muchos nazis, víctimas de un sistema a las que intentamos convertir en culpables.

      Y POR ESO LA BUROCRACIA ES EL MAL ENCARNADO.

      Ojo, no estoy defendiendo el nazismo. Todo lo contrario. Sin embargo, no nos damos cuenta de que detrás había personas, a las que intentamos convertir en enemigos y sádicos porque no podemos entender cómo ordenaron el asesinato de millones de personas cuando a veces ni eran conscientes de que era eso lo que estaban haciendo. La maquinaria estructural nazi estaba específicamente orquestada para eso. Para que no pudieran comprender la implicación que tenía esa firma, ese viaje.

      En verdad, el testimonio de uno de los más importantes administrativos (“Soy un peón. Yo solo seguía órdenes de arriba”) fue lo que inspiró a Milgram a crear su experimento. El mundo entero creía que aquel hombre era un sádico (había firmado ordenanzas de asesinato de judíos en masa), pero Milgram demostró que solo era una persona normal. 

      Los experimentos de Milgram y Zimbardo le dieron al mundo una amarga verdad que llevaba tiempo intentando no escuchar: El “yo nunca podría hacer algo tan horrible” es una mentira que nos contamos. Necesitamos creer que los criminales no son personas normales, son monstruos sin corazón a los que hay que castigar. Pero excepto contadas excepciones, solo son personas normales, como nosotros. Y eso nos asusta.

      Es difícil de distinguir esa delgada línea que los separa, a veces. 

      Pero volvamos al tema que nos atañe. El mal. Esa balanza. De momento ya tenéis lo básico para comprender cómo funciona la balanza, y los pesos más importantes que “permiten” a las personas (o personajes, si no hago más referencia a la ficción es porque considero que sois lo bastante inteligentes para extrapolar toda esta información) buenas cometer actos malos o deplorables. Sin embargo eso no es todo el cuadro. Aquí es cuando entra el grupo en el asunto.

      El poder de las masas es algo que todos debemos temer. 

      Ya vimos cómo la cultura y la sociedad pueden modelar la conducta de una persona, ¿pero cómo consigue el grupo que una persona haga algo malo?

      1. La conformidad: Los seres humanos estamos diseñados para hacer lo que hace el grupo. Si la mayoría lo hace, nosotros lo hacemos. Esto llega a niveles tan absurdos que si de repente, cuando vamos en un ascensor, todos los que están dentro se giran y miran hacia la derecha, nosotros también haremos lo mismo, aunque no entendamos por qué. Creedme. Hay miles de experimentos en video. Y es muy gracioso, pero a la vez un poco aterrador.

      La conformidad es un mecanismo de defensa ante la soledad. A los seres humanos nos gusta estar en grupo (por lo general), y una vez que estamos dentro de uno haremos lo posible para que no nos echen de él. Si en una pandilla en la que estamos a gusto todos nuestros compañeros quieren pegarse con otros, aunque estemos en contra, acabaremos acompañándoles. Si llega la situación de “o estás con nosotros o contra nosotros”, tenemos razones más que de sobra para conformarnos ante el grupo.

      Un buen resumen del experimento de conformidad grupal de Asch. El objetivo es decir qué raya es más larga, o alguna tarea sencilla que hasta un niño podría hacer. El sujeto en negro (el resto están conchabado), ante la presión de la mayoría, responde lo mismo que los demás, dudando de su propia percepción. 

      2. Desindividuación y anonimato: Una vez aceptamos el grupo puede pasar algo que yo considero escalofriante: Los individuos dejan de ser individuos y se convierten en parte del grupo. Esto cambia muchísimo la conducta del individuo, y deja de pensar en sí mismo para pensar en el grupo. El sujeto puede perder el control de sí mismo y verse arrastrado por las conductas de otros del grupo. Deja de pensar en si los demás le juzgarán por lo que hace (algo muy importante para reprimir conductas indeseables), y dejará de inhibir conductas impulsivas.

      La desindividuación resulta en conductas impulsivas, emocionales, autorreforzantes (el hacer la conducta con el grupo la refuerza), contagiosas y centradas en el grupo cercano. Esto puede ir desde gritar con el resto en un evento deportivo a matar en medio de una muchedumbre enfurecida (un pueblo de Europa del este cuyo nombre no recuerdo fue el que mató a todos los judíos de la localidad, sin intervención de los nazis. Fueron hombres y mujeres corrientes, vecinos arrastrados por el momento. No eran monstruos, eran personas normales en determinadas circunstancias).

      El anonimato es aún más terrorífico. Nuestras acciones dejan de tener consecuencias para nosotros. No somos nosotros, somos uno más. Nadie llegará a saber quiénes somos, así que ¿por qué no hacer todo lo que siempre he querido hacer? Cuando somos anónimos no nos reprimimos (Internet como ejemplo universal de esto) y eso puede llevar a cosas muy atroces, porque no nos importa lo que la gente piense de nosotros.

      V de Vendetta nos muestra la cara buena del anonimato: Mostrar lo que uno es por dentro sin miedo a lo que los demás digan. Y eso está muy bien, siempre que por dentro no seas un monstruo. 

      3. La difusión de la responsabilidad: También llamado Efecto del espectador. Este he tenido que añadirlo a posteriori, pero me parece que la omisión de socorro es también una forma de maldad, y merece que lo explique. La difusión de la responsabilidad es un efecto por el cual una persona tiene más probabilidades de recibir ayuda cuanta menos gente haya allí para socorrerle. Puede parecer paradójico, pero tiene una explicación muy sencilla: ¿Y es que eso no puede hacerlo otro?

      La muchedumbre disminuye su sensación de responsabilidad, en parte porque piensan que otra persona se encargará, que realmente no es tan grave, que a lo mejor es culpa suya (¿os suena de algo?), es decir, busca alguna forma de justificar la negación de ayuda (reducción de la disonancia cognitiva), y la muchedumbre es la excusa perfecta.

      Hay más experimentos sobre la ayuda y el altruismo que muestran más cosas, como que las personas que visten bien son ayudadas casi automáticamente mientras que las mal vestidas no, pero el efecto del espectador me parece especialmente jugoso para la ficción (En el capítulo Oso blanco de Black Mirror no podían ejemplificarlo mejor).

      Solo imagina una muchedumbre pasando a tu lado, ignorándote, mirándote pero encogiéndose de hombros, porque alguien se encargará de ayudarte. Pero la gente pasa y pasa, y jamás recibes ayuda.

      Es escalofriante. 

      El mundo es un lugar peligroso, no por aquellos que hacen el mal, sino por aquellos que miran y no hacen nada. 

      Albert Einstein

      Ahora ya tenemos el retrato completo.

      Una vez que ya hemos añadido todos los pesos necesarios para comprender el mal en la balanza, solo queda una cosa: Definir la acción, las circunstancias, y al personaje, que pondrá sus propios pesos en esa balanza. Con esta balanza ya podemos llenar de grises cualquier historia, dar realismo a cualquier acto diabólico.

      Aunque, claro, podréis pensar… ¿Y qué pasa con los locos? ¿Cómo se supone que vamos a comprenderlos, a saber qué ponen en la balanza? Bueno, ahora mismo os voy a dar los tres tipos de psicopatología más clásicos para que sepáis un poco lo que pasa por sus mentes… Así, de gratis. Porque soy mu generoso.

      Aunque no tanto como Gabriella Campbell. Gracias a ella sorteo dos ejemplares de Lectores aéreos, su antología de relatos (solo hasta el 20 de Julio, daos prisa). Y ella también está un poco loca, así que viene al pelo.

      1. La psicopatía: Estos individuos están enfermos en el sentido psicológico de la palabra. Un psicópata es incapaz de entender que los seres humanos tengan emociones, o sencillamente carece de la empatía necesaria como para que esas emociones le afecten, por tanto, no pueden tener sentimiento de culpa por el daño que hacen.
      2. Los sociópatas: Entienden a las demás personas como herramientas con las que jugar, no como personas a su mismo nivel; uno no se siente mal por la herramienta que está usando si se rompe, solo el fastidio de tener que reponerla.
      3. Por último, esquizofrénicos y personas con pensamiento fenómeno-mágico: A veces estas personas pueden oír voces o tener alucinaciones muy reales. Voces que (como no quiero aceptar que estoy loco por oír voces que solo yo puedo oír) son creíbles y convincentes, y que deben obedecer a un orden superior, por tanto las obedecen. Si estas voces les dicen que maten… ESTADO AGÉNTICO, COÑO.

      Me dejo la misantropía (ejem ejem Joker) pero internet es una enciclopedia gigante así que ahí tenéis toda la web si os interesa el odio a la raza humana. Pero vamos, es odio mortal a todas las personas en general. Algunos odiamos los errores de novato, otros odian a toda la humanidad. Cuestión de gustos.

      Y ya está. Se acabó la clase de psicología por hoy.

      Espero que con esto podáis hacer antagonistas creíbles, incluso villanos realistas, y sobre todo protagonistas con matices. Lo importante para crear personajes es recordar que son personas. Y por suerte o por desgracia, las personas son más complejas que un simple arquetipo de villano o una etiqueta de malo.

      Representad fielmente la maldad del mundo, porque si algo nos enseñó Orwell es que la realidad puede ser más aterradora que la ficción. Y no os olvidéis de compartir en vuestras redes sociales, ese favor tan pequeñito es lo que impide que este blog muera. ¿O vas a quedarte ahí mirando y pasar de largo? ¿ES QUE NO HAS APRENDIDO NADA?


       
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